Carta del Obispo Daniel a los sacerdotes de la Diócesis de Arecibo

Queridos Sacerdotes:

Mi saludo y abrazo fraternal en medio de la situación que vivimos.

Me dirijo nuevamente a ustedes, pero esta vez no es para dar indicaciones sobre cómo proceder litúrgicamente en medio de la pandemia. Quiero hablarles desde el corazón.

Ha pasado otra mañana del domingo y hemos tenido que celebrar la Santa Misa solos, con nuestros templos vacíos, quizás frente a una cámara.

Son ya varios los sacerdotes que me han expresado sus sentimientos al verse imposibilitados de ejercer su ministerio como de costumbre. He sido testigo de sus lágrimas y su sufrimiento al pensar en no poder asistir a los enfermos, no poder confesar, o no poder acompañar a una familia que ha perdido un ser querido. He escuchado la frustración y el desaliento al tener que celebrar la Santa Misa solos. ¡Qué difícil predicar en esas circunstancias! Una cámara jamás sustituye un pueblo, una comunidad. Como suelo recordar en las ceremonias de instalación de un nuevo párroco, el sacerdote no se entiende sin una comunidad a la que servir, y la comunidad no se entiende sin un sacerdote que le presida en la caridad y esté siempre disponible para servirle.

Es muy doloroso lo que vivimos en general, como todo el pueblo, y lo que vivimos nosotros en particular como pastores. Lo que sentimos es el dolor del corazón de un buen pastor. Convirtámoslo, pues, en un ofrecimiento a Dios y una oportunidad para profundizar en la grandeza inmerecida de la vocación que hemos recibido y del ministerio que se nos ha confiado.

Pensar que ya la próxima semana comienza la Semana Santa y pensar que los misterios de nuestra salvación, tan hermosamente celebrados en el Triduo Pascual, esta vez los celebraremos “solos” en nuestros templos sin el calor y la cercanía, el cariño y la devoción, de nuestra gente, nos provoca dolor. Y tal vez, también desánimo. ¡Con qué sentimientos celebraremos el Jueves Santo! Ese día que conmemoramos la institución de la Eucaristía y de nuestro sacerdocio. ¡Con qué sentimientos celebraremos el misterio de la Pasión y Muerte del Señor el Viernes Santo! Sin la presencia multitudinaria y devota de nuestro pueblo fiel.

Pero esa ausencia física de nuestra gente no debe desanimarnos. Ese modo distinto de celebrar no debe desanimarnos. Como al término de los cuarenta días de ayuno de Jesús, el demonio buscará hacernos caer pensando que estamos en una situación vulnerable, pero en Cristo venceremos siempre.

¡La gran celebración de la Resurrección del Señor nos recuerda que Él ha triunfado! En todo el Misterio Pascual Jesús está prácticamente solo, porque le abandonan, le traicionan. Nosotros compartiremos algo de esa soledad, pero sabemos que junto a cada uno estará el Señor. Estará también la Virgen María, que así como no dejó solo a su Hijo, tampoco nos dejará solos a nosotros. Y, aunque tal vez virtualmente, y seguro espiritualmente, estarán también esos feligreses buenos que tanto nos aman y a quienes tanto amamos.

En el hermoso gesto reciente del Papa Francisco en el Vaticano estaba la Plaza vacía, pero el Papa llevaba en su corazón y en su oración al mundo entero. Así también es en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas.

Hermano Sacerdote: gracias nuevamente por tu habitual servicio pastoral y por tu servicio en medio de la actual emergencia. Gracias por cada una de tus eucaristías diarias. ¡La Eucaristía hace la Iglesia!

Sigue cuidándote. Oro por ti, por tu familia y por tu comunidad parroquial. También me encomiendo a tus oraciones.

Agarrados, como Jesús, de la mano de nuestra Patrona, la Virgen del Perpetuo Socorro, nos sentimos seguros y protegidos.

Un abrazo. Dios te bendiga.

+Daniel Fernández Torres
Obispo de Arecibo